sábado, 6 de mayo de 2017

Viviendo a contratiempo Tic-Toc...

¿Cuántas veces nuestro cuerpo grita hasta doler?.-

Dolor menstrual. Cada 28 días mi cuerpo grita.
Y no, esto no tiene que ser normal.
Después de 4 años de haber salido de mi historia con el cáncer Volúmen II... aun temo por cada estudio que me realizo, aun tengo presente cada sensación de angustia, preocupación y temor. Es como volver a reproducir el mismo cassette.  Pero, en el fondo sentía una luz que emanaba seguridad. 

Una luz que me decía "Tranquila, todo estará bien"
Y así era, esa reproducción de las mismas sensaciones significaban que cada momento lo revivía, como si mi cuerpo tuviera memoria propia. Mi mente lo entendía, entendía que todo estaría bien... Mi cuerpo no.

Llevo 9 años viviendo el cáncer conscientemente, va y viene. En esos 9 años he tenido algunos años sin cáncer, algunos años libres para ocupar mi energía, mi fuerza, mi determinación por cumplir aquello pendiente y por dejar ir lo que no podría continuar.


En estos últimos años volví a practicar lo que más me gusta: El deporte.

Descubrí que a pesar de amar voleibol, puedo sentirme feliz y en plenitud al lograr practicar otro deporte.


Remar me ha devuelto aquella sensación que vivía cuando jugaba voleibol, esa sensación de libertad, de expulsión de energía, de sentir cada pulso en mi cuerpo.



Poco a poco me integré a mis actividades profesionales, deportivas y sociales.

Poco a poco mis alas fueron cobrando fuerza para impulsarse hacia el resto de mi vida.


Pero pronto vendría una sacudida.



Después del cáncer aprendes a continuar en libertad y alerta.

Aprendes que entre tú y tu cuerpo hay un canal de comunicación. Mi cuerpo y yo tenemos una relación de por vida. 


No ha sido la mejor temporada desde que cerré el Volúmen II.

He tenido pérdidas, he vivido decepciones sentimentales, he depositado mi entera confianza en personas cuyas promesas se evaporaron.


Aprendí que un "Cuentas conmigo" puede desaparecer con la misma facilidad con la que aparece una persona tan ajena diciéndote "Hace tiempo que no te veo... ¡no desaparezcas así!".



Soy de esas personas que ofrece su total apoyo incondicional a quien necesita ser escuchado, acompañado, a quien le gustaría escuchar un "¡Vamos! ¡Házlo!"... Pero cuando mi vida se nubla, me alejo.



Con estos 9 años viviendo el cáncer tuve amistades que se alejaron y amistades que permanecieron.

Y ésta historia se repite... no todas las personas estarán contigo cuando más las necesitas. No todas cumplen su palabra.


¿Mi consejo? Nunca le ofrezcas tu apoyo a nadie. Simplemente házlo.



Sin embargo, durante éste tiempo han permanecido conmigo amistades que me sostienen de la mano, que a pesar de alejarme caminan sutilmente junto a mi extendiéndome siempre un cálido saludo, palabras de cariño y con bolígrafo en mano para continuar escribiendo nuestras historias.



He conocido compañeras de barco, quienes han vivido experiencias similares a la mía y con quienes he descubierto que los seres humanos tenemos un asombroso potencial de libertad y amor.



He aprendido que la vida es así.

Un vaivén. Algunos vuelven otros no. Y aunque duele, son heridas que en algún momento sanarán. 


En estos meses, pese a cada pérdida he continuado, han nacido nuevos proyectos profesionales que me mantienen con entusiasmo. Se han consolidado metas que me hacen sentir que lo que vivo es un sueño real.



Mi cuerpo lo he trabajado y preparado camino a Tokyo 2020. Ahí está mi futuro, un futuro que sé que de un momento a otro puede desaparecer o puede mantenerse quieto esperándome.



Entre pérdidas y caminos nuevos, entre miradas de fe, momentos de alegría y experiencias nuevas... un viejo amigo planea tocar mi puerta.



Un descuido consciente, una decisión aventurada me llevaría a asumir mi responsabilidad.



Detrás de cada experiencia que me ha transformado en estos meses... mi cuerpo levantaba la voz. Una voz que fue escuchada sin demora alguna.



Esa voz que pronto se convertiría en gritos de dolor y tensión. 

Dolores con los que no debemos vivir.


Con estos 9 años aprendí que mi cuerpo merece ser escuchado, y así fue.

Después de vuelta y vuelta, de estudios, revisiones, análisis y charlas médicas... Hoy observo a mi antiguo amigo acercarse nuevamente a mi vida.


- Practicas remo, ¿Verdad Rosy?

- Sí... ¿Es ésta la plática donde intentan mantenerme relajada?- Respondo mientras estoy recostada experimentando las molestias y esporádicos impulsos de dolor pélvico.


Pero el silencio se mantuvo mientras ambas Médicas observaban mi estado.



- Rosy, tendrás que dejar el remo por un tiempo. 

- Ok. Lo veía venir.- mientras dejo salir una sonrisa mezclada con un poco de desilusión.
- Rosy, no te angusties. Tu sistema inmune está débil, por ese motivo tus síntomas son más dolorosos. Pero tranquila, detectado a tiempo es tratable.


¡¡¡Puuuufff!!!

Las palabras mágicas.
Eso fue como un "¿Lo ves? Ahí viene, observa por la ventana cómo se acerca para tocar la puerta"


Mientras me quitaba la bata me observé frente al espejo.

Mi mamá estaba esperando en el consultorio mientras hacia preguntas y aclaraba sus dudas.


Entonces pensé "¿Por qué sigo siendo emocionalmente condescendiente con alguien que me ha dejado sola en tan malos momentos? Estoy aquí haciéndome cargo de mi vida, sostenida por mi familia, amigas y por mi misma."

Doblé la bata azul, me aseé, lavé mis manos, respiré profundo, me enderecé y salí del sanitario firme al consultorio.


Girando de nuevo, pensando los cambios tan drásticos que podemos experimentar. Sean esperados o no. Hace poco más de 24 horas había compartido con amistades mi próximo triunfo de acudir a mi clasificación y la posibilidad de competir a nivel internacional. 

Ahora, he recibido la indicación de abandonar -Una vez más- mi camino para atender mi cuerpo.


Estoy en los límites.

Mis lesiones están en un límite espacial y temporal. 
Mi estado de ánimo también está en el límite.
Mis proyectos profesionales -Nuevamente- están en aquel límite de despegar.
¡Vaya! El siguiente paso es iniciar la promoción de mi proyecto.


Mi fortaleza no está al límite, está ahí esperando que termine de sentirme molesta y esperando a que ejecute mis planes que, como en otras ocasiones, ya establecí justo después de "La consulta".



Ésa es mi virtud en momentos de desastre, tengo la capacidad de hacer a un lado mis sentimientos, mis terribles ganas de estallar en llanto... de mis incesantes ganas de romper muros y vajillas de porcelana.



He planificado lo que tengo que hacer.

Lo que tenemos que hacer.


Como siempre he dicho... en éstos temas mi cuerpo grita pero mi familia, amistades y yo apaciguamos su dolor.



No estoy en el mejor momento económico.

No estoy en el mejor momento emocional y sentimental.


Jamás estaré en el mejor momento para recibir al protagonista Volúmen I, Volúmen II... o Volúmen III



Según la consulta de hoy, tengo 30 días para evitar que toquen a mi puerta.

30 malditos días.



Sí... aún estoy molesta.

Aún quiero romper muros y vajillas de porcelana.
Aún quiero estallar en llanto.


Pero aún vivo.

martes, 2 de mayo de 2017

Detrás de la metástasis

El cáncer no te quita la vida.
Imagen tomada de Internet
Durante el primer cáncer todo fue nuevo para mi. Pero después de un tiempo el hospital se convirtió en hogar, cada pasillo, cada habitación, cada sala de espera e incluso las relaciones con enfermeras, camilleros, médicos, y las personas que iban y venían formaron parte de mi estadía.

Aprendí a disfrutar de una charla, de un consejo y de la compañía de completos desconocidos unidos por el cáncer. De alguna manera, al conversar parecía que teníamos una historia juntos. Incluso, al despedirnos estaba esa sensación de que nuestro lazo jamás se rompería.

Albert Espinosa en "El mundo Amarillo" nos llama Amarillos
Éste peculiar vínculo entre pacientes, personal de salud, familiares y amigos del paciente, es un vínculo que difícilmente puedes establecer con personas ajenas a éste mundo.

Pese al miedo a lo desconocido resulté adaptarme muy rápido a mi nuevo ambiente.
Estaba de un hospital a otro, de una sala a otra, de un médico a otro, de un piso a otro.

Vaya...Podríamos convertirnos en Guías turísticos de cada hospital, sería algo como:


- ¡Hola! Buen día, ¿Vas a Oncomédica?... Ven por aquí, puedes entregar tus documentos en control (Sonríe a las señoritas... eso hará que su rostro se suavice un poco), tardarán al menos una hora en llamarte, puedes esperar en aquellas banquitas junto a las plantas. Tienes más luz y el Mosaico de Mariposas brillará en su máximo esplendor aproximadamente a las 12hrs. No te pierdas el espectáculo.Por aquí puedes solicitar un juego de mesa e invitar al vecino...¡Hola vecino!
En estas bancas de madera estarás más cómodo/a. Presta atención a la hora, cuando llegue el momento podrás acercarte a los consultorios y podrás entrar a tu consulta.
Si quieres ir al sanitario te recomiendo los que están junto al laboratorio en primer piso, están más aseados y casi no hay personas.
Por cierto, las personas que te acompañan en la sala de espera siempre son buenas conversadoras... ¡hay historias que te encantará escuchar!

Después de un tiempo puedes adaptarte a lo nuevo, a aquello que anteriormente era tan desconocido. El hospital se convierte en tu segundo hogar, internalizas cada rincón y cada forma de vida. 
Pero, adaptarte a lo desconocido, a tu nueva forma de vida no significa que disfrutes tener cáncer. En lo personal, y creo que la mayoría estará de acuerdo conmigo...Jamás lo disfrutaré, tener cáncer no es una experiencia que quisiera volver a vivir.

El cáncer te coloca en una situación donde te das cuenta que no puedes controlar cada situación o cada evento. Curiosamente, cuando aceptas ésta condición puedes sentir una sensación de Libertad. Y son éstos detalles y otros más que aprendimos a través de ésta experiencia.

Pero, cuando todo termina, cuando inicias el período de remisión vuelve esa sensación del miedo a lo desconocido. 

Parece tan ambiguo. Estás feliz porque aquel episodio terminó, ya no más quimios, ya no más dolor, ya no más cansancio... ahora estás tan viva y tan feliz.

Pero...¿Qué es ésta sensación?

Detrás de todo ese éxtasis, de toda esa felicidad hay algo que está.
Oculto, jugando a las escondidas tal vez. Pero lo sientes.

Lo vez y te inquieta, en momentos la felicidad te distrae y puedes ignorarlo, pero en aquellos momentos de silencio donde tu mente repasa tu pasado y se asombra de todo lo grandioso que estás viviendo... aparece ese pensamiento.

"El cáncer no es curable... puede volver"

De pronto éste pensamiento te detiene el corazón por milésimas de segundos.
Te congela la respiración y te inunda esa sensación de miedo.

Esa misma sensación cuando entraste al mundo del cáncer. Ese miedo a lo desconocido.
Y ahora que conoces de qué se trata el cáncer, el miedo a lo conocido también se hace presente.

Por supuesto que el tratamiento y las cirugías te dejaron un mal sabor de boca...Literalmente.
Aquellos momentos de verte al espejo y no reconocerte. Cuando día a día notabas los cambios en tu cuerpo. Consumiéndote por el cáncer o por el tratamiento, cualquiera de las dos opciones o ambas te estaban matado.

Volver a esto no es una opción que estamos dispuestas y dispuestos a considerar. Pero sabemos que puede pasar.

Lo que no sabemos es cómo será, qué pasará, no sabemos qué tan grave será. Si ha ocurrido una vez, damos por hecho que la segunda vez será peor. Y esto nos aterra.
Por ello es desconocido, además de el significado que atribuimos a la metástasis como tal... tenemos el temor a aquello que no conocemos aún.

Y entonces, esa felicidad o esa euforia comienzan a compartir momentos del día con el miedo, la tristeza, el enojo... y poco a poco conoceremos la angustia por el futuro, la obsesión por saber que estamos saludables. Nos convertimos en personas hipersensibles a cada cambio que ocurra en nuestro cuerpo, y al momento de detectarlo ¡No pensamos ni racionalizamos! Inmediatamente asumimos que se trata de algo anormal. Nos estresamos, nos angustiamos y queremos respuestas inmediatas.

Poco a poco se convierte en un estilo de vida. Existirán momentos de angustia y miedo entremezclados con euforia y felicidad. ¿Que estilo de vida vamos a tener?

Cuando recibí la noticia de Metástasis pulmonar todo se aclaró, cada sensación halló su lugar.

Si bien, no fue una noticia agradable pero de alguna manera me tranquilizó.
Suena absurdo si lo lees, pero así fue.

Tenía semanas con esa angustia, nerviosismo, preocupación, miedo e incluso tristeza.
Y cuando escuché el diagnóstico me tranquilicé.
Y entonces lo entendí. Y aunque disfrutaba de mi vida, estaba obsesionada... esos momentos que iban y venían, nublaban mi vida.

Entonces pensé "¿Necesito escuchar que tengo metástasis para poder vivir tranquila?"

¿En verdad necesitamos eso?
Por supuesto que no es necesario, pero tampoco podemos continuar nuestra vida con esas sensaciones y sentimientos día a día. Sentimientos que, además, ocultamos.
¿Por qué? Porque al mostrarlos creemos que no es válido.

Sin embargo, experimentarlos no significa que no estamos disfrutando de nuestra vida, tampoco significa que no aprendimos a valorarla.

Significa que tuvimos cáncer.

martes, 25 de abril de 2017

¿El cáncer regresó?


Esperar.
¿"Tiempo muerto" ?


Tantas consultas médicas con una larga espera de cuatro horas, en asientos fríos e incómodos, una sala de espera oscura, observando frente a ti tres puertas color terracota con muros color beige. 

Mosaico de Mariposas Brillantes
A tu espalda tienes vista a lo único resplandeciente del lugar... El mosaico de mariposas brillantes. Acompañas esa espera con un rico café y una rebanada de pan de elote o naranja.

Pasa el tiempo, los minutos, las horas. Cruzas tu mirada con otros pacientes que también esperan. Observas a cada persona acompañada de su familiar entrando a la consulta. Por sus miradas, su manera de andar, su tranquilidad o su angustia al entrar al consultorio te dicen si son nuevos en el barco o bien llevan un largo recorrido.

De pronto mi mamá comienza a conversar con la persona que está frente a Ella o a su lado, Ella siempre ameniza el tiempo de aquellas personas. Inicia su plática con el tema del clima o de lo tardado que es la espera. Después, así sin tapujos, les pregunta si son el paciente o el acompañante, o bien les pregunta qué tipo de diagnóstico tienen.

Consultorios de Sarcomas
C.M.N. sXXI:

La única luz que ilumina la sala de espera
es la luz de las lámparas.
Esta foto fue tomada a las 12hrs. del día.

Ella no es de esas personas incómodas que te ponen nerviosa con esas preguntas. Ella es de aquellas personas que te acogen con sus palabras, su plática, su risa, su inclinación hacia ti para escucharte y guiarte. 

Al final de todo Ella también es experta en el tema.

Las horas pasan, las personas entran y salen, y cuando la hora se acerca juegas a adivinar en cual de aquellos tres consultorios te llamarán. Entonces entramos.

Mi mamá siempre muestra mucho interés por cada palabra que el médico expresa. Yo, en cambio, soy quieta y silenciosa, atenta y segura de lo que el médico dirá.

Mi actitud es como mi cáncer, silencioso y tranquilo, insospechado y con un paso adelante. 
Algo aprendí de él.

El médico observa su pantalla del monitor, comienza a deducir y describir su perspectiva.
Como en cada consulta, me pongo de pie junto a él y le pido que gire un poco su monitor. De esa manera podré observar mejor mis estudios de imagen. Tengo esa necesidad de observar, finalmente esa fotografías son de mi cuerpo, y aunque sé que la respuesta es una buena noticia tengo esa necesidad de verlo yo misma.

Siempre pregunto, aclaro mis dudas sin importar cuánto tiempo tarde. Esas consultas son claves.

Sin embargo, un día todo ocurrió fuera de rutina.
Para mi siguiente consulta aun faltaban tres meses, pero no podía esperar más.

-Algo anda mal, tengo y necesito ir a consulta- pensé.

Hablé con mis papás, les comenté que algo andaba mal en mi respiración. El aire que respiraba no llegaba hasta el final de su ciclo, parecía detenerse en algún punto de mis pulmones. 

- Otra vez tengo cáncer- les dije.

Obviamente se quedaron sorprendidos y negaron tal posibilidad, pero me acompañaron al médico.

Cuando llegamos a la recepción de los consultorios le expliqué a la recepcionista lo que necesitaba. Agendó una cita para la siguiente semana y consiguió una orden del médico para realizarme estudios de radiografía.

En la consulta, los estudios no mostraron ninguna anomalía, el médico me explicó que era normal mi nerviosismo pero que no debía preocuparme de más. De cualquier manera "para tranquilizarme" me envió estudios de tomografía con contraste.

Efectivamente los estudios de radiografía no mostraban ninguna anomalía, pero yo lo sentía. Físicamente "algo" estaba ahí.

Y, así fue. Acudí a la tomografía.
Pensativa, silenciosa, preocupada... con miedo.

Por primera vez tuve miedo.
Miedo a no saber qué iba a pasar. Miedo porque mi vida estaba en riesgo. Miedo porque no podía respirar. Miedo a morir.

Con mucho nerviosismo entré a la sala de tomografía. 
Tomé mi teléfono, activé la música y puse mi canción favorita del momento.
Tomé asiento y el radiólogo se acercó para canalizarme y colocarme agua salina.

Tres piquetes en una sesión.
Un poco curioso, o quizás todos los pacientes sentimos lo mismo.
Pero tengo terror a las canalizaciones, esa sensación de sentir cómo entra una aguja bajo mi piel, suave y rasgando la vena, quedándose en ella por unos minutos y en algunos casos por horas y días.
A veces lo intentan una, dos o hasta tres veces. 

Ya conozco mis venas, son delgadas y frágiles. Su apariencia engaña, a simple vista parecen gruesas y muy notables. Antes de cada canalización siempre les comento que el catéter que utilizan conmigo es el rosita, el delgado, incluso usan el catéter para bebés. Pero aún con ello estoy expuesta a varios intentos.

En la tomografía sólo son minutos de angustia, mi brazo prisionero a una bolsita con agua salina y después un poco de yodo. Pero el momento pasaría rápido y al menos con un poco de ritmo.

Me recuesto, los pies al frente y mi cabeza sobre la almohadilla. Lista para atravesar la dona gigante.
Sube tus brazos por encima de tu cabeza. Quieta. Tranquila. No te muevas.
Respira cuando te indiquen.

Respira... algo que antes era tan cotidiano.

El yodo comienza a pasar a través de mis venas, mi cuerpo detecta su pasar... en un inicio frío y denso. Y enseguida comienza a recorrer mi cuerpo, a sentirse caliente y una sensación de hormigueo en la parte pélvica de mi cuerpo. ¡Incluso una sensación de orinar!

¡La primera vez creí que en verdad pasaría!
Me asusté y sentí vergüenza. Después te acostumbras a lo desconocido, lo transformas en algo cotidiano y pronto te sentirás tan experta que entrarás a la sala de tomografía con mayor seguridad. Tanta que hasta prometes a los radiólogos invitarles una Coca-Cola.

Mi estudio terminó. Diez minutos de completa quietud, tranquilidad, silencio y respiración.
¿Acaso es el yoga oncológico?

Una tomografía sensei, los diez minutos más pacíficos que vivirás en un hospital.
Los diez minutos que permitirán descubrir - de nuevo- a un intruso.
-¡Sonríe!- le dirás a ese inquilino.

Así fue, gracias a la tomografía el tumor fue observado.
Escondido detrás de la columna, ocultándose de una radiografía.
¡Un tumor muy tímido si me preguntan!

Llegó el día de la consulta, con todo el ritual que vivimos en cada sala de espera.
Entramos a consulta. El médico nos espera con una hoja en mano, un residente tan joven que podría ser dos años mayor que yo.

Un joven ojeroso y desvelado realizando sus guardias como protocolo para terminar sus estudios, un joven que cada que le es posible sale a relajarse un poco con sus amigos, un joven que en cada descanso aprovecha para enviar mensajes a su novia, a su mamá o a sus amigos.

Un joven tan lejos de mi realidad me dará la noticia del nuevo inquilino en mi cuerpo.

Creo que estaba más concentrada en nuestro mundos paralelos que en lo que estaba escrito en aquella hoja. Finalmente ya sabía lo que leería.

Me llamó la atención su nerviosismo, tan novato en comunicar esas noticias. ¿Podríamos aligerarle el momento? Claro que sí.

Estaba pronunciando un tipo de pre-discurso. Entonces, dijo "En la tomografía observamos una bolita en tu pulmón"

¡Por fin lo dijo!
Sentí un gran alivio, ¡Al fin está confirmado!

¡Wow!
¡Qué liberación!
Y qué sensación de confirmar que he aprendido a escuchar mi cuerpo.

Por supuesto que no me alegra escuchar esta noticia pero puedo asegurar que la sala de espera emocional es mucho más angustiante y congelante que el momento de la verdad.

Esa incertidumbre te genera miedo, angustia y desesperación.

- Gracias, ¿llevamos esta hoja a oncomédica o habrá algún procedimiento a realizar?- Le respondí al joven médico nervioso.

Mi mamá estaba muy callada, tratando de hacer preguntas pero en realidad... no se le ocurría ninguna duda.

- Con esta hoja agendarás una cita en los consultorios del área de tórax. El médico te indicará cómo será tu tratamiento. Suerte.- Aliviado y relajado explicó el joven médico.

Como siempre, con un apretón de manos dimos gracias y salimos del consultorio.
Y nuevamente ese silencio ensordecedor posterior a la consulta.

-Tranquila, verás que estarás bien.- dijo mi mamá.
Yo, sólo asentí apretando los labios y con una lágrima en el rostro.

viernes, 31 de marzo de 2017

Y, ¿El criterio moral?

¡Siempre con mi bastón!
La rodillera la uso cuando
realizo actividades que
pueden desgastarla...aún más.
¿Es en serio? ¿Qué rayos ocurre con las personas?.- Llevo 8 años viviendo con discapacidad motriz, utilizo un bastón... tengo tres por ahora. Uno es gris metálico, otro es de madera con detalles rústicos en tonos mostaza y el otro es color vino también de madera. Si tuviera más dinero ¡me compraría más bastones!

Cuando aprendí a caminar utilizaba una rodillera mecánica que me brinda soporte y protección a la movilidad de mi pierna. En un inicio graduaba la rodillera a una flexión de 10° y poco a poco fui ajustando la graduación hasta poder flexionarla a 45°. Mi prótesis no puede flexionar más allá de 45°, según las indicaciones médicas. Pero "aquí entre nos"... la he flexionado un poco más ¡sin forzarla! No soy tan negligente.

Logré retomar mi rutina sin el uso de la rodillera, y hace unos meses volví a usarla por un par de accidentes que tuve. A partir de hace meses mi prótesis ya no responde con la misma fuerza. Duele, ya no soporto la misma actividad física que antes... el tiempo se agota.

A partir de adquirir una discapacidad motriz (además de la discapacidad auditiva que tengo... así es, no tengo oído derecho), mi rutina cambia.

Desarrollé algunas inseguridades, la multitud de personas me angustia y asusta. Así que, al transportarme en transporte público es un poco angustiante. En el metro, y más durante las horas "pico", las personas actúan como estampida. Siempre tienen prisa, siempre corren, siempre empujan y aunque bajen en la siguiente estación siempre pelean por un asiento.

Pero nunca ven a al ser humano que está junto a ellas.

Entre empujones y pisadas me he lastimado mi pierna, cuando voy parada la tensión que hago en ella me lastima, me cansa y me angustia. Me canso, ¡en serio que me canso! Y no tiene nada que ver con la edad. Sí, soy joven y llena de energía... pero mi pierna no tiene la misma resistencia que antes, es de titanio pero tiene dos uniones con mi hueso y eso hace que mi pierna no tenga la misma resistencia que una pierna de hueso.

Las escaleras eléctricas estaban en mantenimiento.
Subo y bajo escaleras, y a veces no hay escaleras eléctricas. 90 escalones en una estación, 90 escalones es lo que he contado... después de los 90 escalones dejo de contar.
25 estaciones del metro he viajado...y de pie.

Y en cada paso, en cada traslado y en cada minuto he usado mi bastón.
Y aun así las personas responden de manera sorprendente.

Al principio, cuando acudía a la Facultad (CU,UNAM) me acompañaba mi hermana menor. Se suponía que yo era la mayor y yo debía cuidarla, pero en términos de cuidados no existe la edad ni orden de nacimiento. Existe la hermandad.

Ella tenía aproximadamente 15 años y yo 21, me ayudaba a cargar mi mochila cuando era pesada. Y en algunas ocasiones pidió a las personas que cedieran el asiento para mi.
Hubo personas realmente amables.

Agradezco a esas personas que accedieron a ello... pero, sin restarles el agradecimiento y valor a su acto, comenzaron mis cuestionamientos.

Lo que estaba viviendo contradecía mi lógica, y creo que mi lógica no está equivocada. Esa lógica que aprendí de mis papás, quienes cedían su asiento a cuanta persona veían que lo requería. Incluso me indicaban que yo cediera el asiento cuando veíamos a alguien más, aunque yo fuera niña lo cedía. Éste hábito se convirtió en mi lógica.

Así que entré en una gran confusión y molestia cuando llegamos a escuchar esto: "No, yo también vengo cansado"....

¿¿¿¿¿¿¡Es EN SERIO!??????
¿DE VERDAD?

Entonces tuve una especie de colisión mental y dije, "Ok, viene del trabajo y ha de estar muy cansado... pero ¡Hey! Tiene dos piernas que son de hueso, hasta donde sé y donde logro observar luce sano, y según el tono de su voz goza de energía, asi que... ¡¿Qué rayos ocurre?!"

Yo traigo un bastón y una rodillera, ¿es en serio que estos dos elementos no son suficientes para ser acreedora de ese asiento?

Yo sólo quisiera que cada persona que no cede el asiento me mirara a los ojos y me diera una explicación lógica y sensata sobre sus respuestas, actitudes y acciones.

¿Las personas necesitan de un letrero que les indique qué hacer? E incluso, aun con ese letrero ni lo hacen.

¿Necesitan que otra persona les indique que, como acto moral y empático, deben ceder el asiento a una persona que lo necesita más que ellos? Y a veces, aunque otra persona les indique ese deber se niegan a hacerlo.

¿Qué está ocurriendo?

Letrero de asiento "Reservado"
Hace unos días iba sentada en el asiento que dice "Reservado", ese día no utilicé mi rodillera, aunque siento mi pierna con desgaste físico me atreví a salir a la calle sin ella. Pero como ya mencioné siempre uso mi bastón.

Bien, ese día subió un muchacho con muletas y su pie enyesado. Todos los asientos venían ocupados, frente a mi (el otro asiento "reservado") estaba ocupado por una señora de edad avanzada y a mi derecha dos mujeres jóvenes dormidas. Y en el pasillo una mujer con una amiga, ambas como unos 48 años. Junto al muchacho iba de pie una señora de aproximadamente 55 años.

De  pronto, la señora que estaba junto al muchacho le dijo en un tono voz alto:

-"¡Oye! a ti te deberían de ceder el asiento."

Su exclamación llegó a oídos de las dos mujeres del pasillo, una de ellas volteó de inmediato, se dirigió a mí y jugueteando con su dedo hacia mí y en voz altanera y muy  elevado dijo:

- "Ése asiento es para él"- Y terminó señalando el letrero sobre mi asiento que dice "Reservado"

De pronto me llené de duda y molestia.
Molesta por su tono de voz con aire grosero, altanero e irrespetuoso. 
Molesta por su incesante señalamiento con su dedo.
Molesta por su manera de solicitar un asiento.

Entonces, con un gesto confundido y de rechazo a su actitud le respondí:

-" Yo traigo bastón"- Al mismo tiempo tomé mi bastón con mi mano, lo levante y se lo mostré.

La mujer sólo dijo "Perdón" con el mismo tono de voz altanero y se volteó para  continuar platicando con su amiga.

¿Y el asiento? ¿Qué acaso su objetivo no era conseguir un asiento para el muchacho?
No continuó buscando ese asiento. 

Entonces, ¿Qué quería la mujer?
¿Qué actitud es esa? ¿Es una epidemia? Porque no es la única.

Personas que actúan como justicieras, con modos violentos, señalando y ridiculizando a las personas, sin un primer intento amable y respetuoso, inician con un reclamo, solicitan el asiento a las personas que vienen sentadas en el asiento que dice "Reservado" y no a las personas que vienen en otros asientos... como si ese letrero limitara tu criterio de acción moral.

De hecho una ocasión escuché esto:

Chico: "Mejor te cambio el asiento, déjame sentarme de lado de la ventana"- le dijo a su amiga con quien intercambió asiento. Él se había sentado en el asiento "Reservado".
Chica: "¿Por qué?.
Chico: "Así, si alguien sube no podrán pedirte el asiento".

Y de nuevo mi reacción de "¡¡¡¿¿¿QUÉ???!!!"

Por favor, y estoy hablando con toda la seriedad posible, a las personas que han estado en un transporte público y no han cedido el asiento les pido que me miren a los ojos... cara  a cara y me respondan estas preguntas:

1.- ¿En verdad, aun viendo que tengo un bastón, crees que no necesito el asiento?
2.- ¿Crees que mi juventud protegerá mi pierna de alguna lesión? Porque déjame decirte que mi juventud no evitó el cáncer en dos ocasiones.
3.- ¿Por qué necesitas que alguien o algo te indique que necesito el asiento?
4.- ¿Por qué consideras que tu cansancio es más fuerte que una discapacidad o lesión física?

Es verdad que nosotros, las personas con discapacidad, podemos solicitar que nos cedan el asiento y de manera educada. Pero yo ya me cansé de pedirlo y recibir respuestas arrogantes, groseras y además quedarme de pie.

Me siento humillada. Me siento decepcionada de ti, de ti quién me ha negado la oportunidad de sentarme y quién me ha dado una respuesta irrespetuosa.
Me siento ofendida, pero también me siento más fuerte que tú.

Porque, a pesar de tener un menor rendimiento que tú, tengo la fortaleza de espíritu para poder soportar 25 estaciones de pie, y sé que sentiré cansancio pero al menos no me sentiré humillada ni ofendida, sino orgullosa de poder llegar a mi destino sin ponerme en manos de tu fría indiferencia.

Mi última pregunta es, ¿En verdad te sientes orgullosa/o de tus actos?


miércoles, 8 de marzo de 2017

Soy Feminista, y Humanista también.


Soy feminista y mi papá también.
Respeto mutuo, Libertad de elección mutua, Responsabilidad mutua.

Mi  familia nuclear esta formada por mi papá, mi mamá, cuatro hijas (incluyéndome) y tres sobrinas.


¡Exacto!

"Bendito entre las mujeres"


Crecí leyendo el libro de "Mujercitas", una historia de cuatro  hermanas que viven con su mamá mientras su papá está en combate. 

Tenía 10 años cuando leí "Mujercitas" y en aquel entonces mi papá también estaba en combate.


No estaba precisamente en la guerra.



Nací en una zona rural, vivíamos en una casita que tenía un jardín con columpios y resbadilla, teníamos rosales, un ciruelo, una higuera, una aurocaria, un piñón (es un árbol), un cedrón (otro árbol cuyas  hojas las preparaba mi mamá en Té...  ¡Riquísimo!) dos bugambilias, una nochebuena... y creo que ya. Eso es lo que recuerdo.



También teníamos animalitos. Gallinas -comíamos sus huevos-, críabamos también sus pollitos, tuvimos guajolotes y pavos (¡mi pesadilla! eran casi de mi tamaño), teníamos borregos, cerditos, conejitos y hasta un perrito.



Así que imaginarán las mañanas con el sonido de las  gallinas, salían temprano con sus pollitos para buscar comida en la tierra de los rosales, los pollitos corría por el pasto del jardín mientras mi mamá lavaba y tendía ropa cuidadosamente... hubiera sido una tragedia  que algún pollito se atravesara entre los  pies de mi mamá. Los borregos salían a pastar en la parte trasera de la casa, en ésta parte teníamos una amplia zona de Milpa (plantío de Maiz).



Se alimentaban a los  cerditos con maíz, tortillas y cáscaras de frutas y verduras (normalmente la que nos sobraba después de desayunar fruta y jugo preparado por mi mamá)



Los conejitos comían una especie de croquetas, también comían alfafa... ¡uuuff! Alfalfa.

En aquella época tomábamos agua natural de alfalfa... ¡Muy rica!


Teníamos una vida holgada y tranquila, con aromas, sonidos, coloridas flores, aire fresco y limpio... ¡¿Cómo no amar la naturaleza si crecí en ella?!



Pero las cosas cambiarían pronto, nos mudaríamos más cerca a la Ciudad, viviríamos en una casa donde sería imposible continuar nuestra vida rural. El  negocio de mi papá quebró y las crisis comenzaron a ser cada vez más continuas... hasta la fecha.



La solución que mi papá encontró fue destinarse a E.U.,  mi mamá se quedó sola con cuatro hijas... Y así, "Mujercitas" cobró sentido.



Nos quedamos cuatro mujeres solas, en una época donde fuimos criticadas, señaladas y con el mundo de conflictos económicos encima.



Mi mamá tomó las riendas. Una mujer que asumió las responsabilidades del hogar, educar a cuatro hijas y realizar los pagos y administración económica de  la casa. Y, del otro lado, mi papá viviendo a kilómetros de distancia, en un país ajeno, con un idioma que jamás aprendió, con una cultura diferente, con los prejuicios y discriminación por ser inmigrante ilegal, solo y viviendo con lo esencial, cubriendo jornadas laborales de cuatro diferentes trabajos al día... todo esto durante 9 años.



Yo tenia 10 años cuando mi papá se fue, en un día lluvioso en la terminal número 4 de la Central de Autobuses. Su esposa y sus cuatro Mujercitas lo despidieron sin saber si lo volverían a ver. Pero conscientes del valor con el que, mi papá y mi mamá, afrontarían los años  venideros.


¿Qué es lo que nos enseñaron?

Justamente aquello que ahora está en discusión y es tan incomprensible por muchas personas.

Una mujer con liderazgo.

Tengo una mamá que asumió un rol familiar con bastante trabajo, nos enseñó a tomar las riendas de todo aquello que ocurriera en nuestra vidas. 

Nos enseñó a no esperar que alguien más nos solucionara nuestros problemas.

Nos mostró cómo ser independientes, no temer por andar solas en la calle, nos motivó a buscar y conseguir lo que queremos, a hacernos responsables de nuestras cosas, a solucionar nuestros problemas.



Sus enseñanzas también llegaron a sus nietas.
Mi papá nos enseñó que los hombres no son caballerosos, son respetuosos. No nos hacen un favor por ser mujeres, nos respetan por ser personas. 


Nos enseñó que los hombres también lloran. Nos enseñó que si queríamos trepar, saltar, correr, patinar, ensuciarnos, trabajar en el campo, manejar, montar, escalar, saltar grandes alturas, boxear, usar el rifle... o hacer cualquier cosa que tuviéramos en mente, lo podíamos hacer.


Y no por el hecho de formar "Mujeres fuertes e invencibles"... sino por el hecho de quererlo hacer.  

La única condición que nos advertía era: Nunca hagas daño a nadie.


Izquierda.- Mi papá convenciéndome de acudir 
a mi última quimioterapia.

Derecha.- Mi papá conmigo en la cima de la Pirámide del Sol,
celebrando mi  4to. cancerversario.

Tengo un papá y una mamá que me han enseñado a ser fuerte, a no esconderme de los problemas, a mirarlos de frente y tomar decisiones. 

Me enseñaron que, en momentos de adversidad tengo derecho a llorar, a quejarme, a enojarme, a apoyarme en alguien más. Me enseñaron que cada una de estas acciones no son signo de debilidad, son signo de humanidad.

También me enseñaron que a pesar de ello, puedo levantarme y continuar. Tomar la decisión que considere adecuada con todo y la libertad de equivocarme. 

Y a través de su ejemplo aprendimos que, tanto hombres como mujeres tenemos la fortaleza para afrontar las circunstancias de la vida. Tanto hombres como mujeres tenemos la responsabilidad de tratarnos con respeto, no  por la diferencia de géneros, sino por ser personas.

Ni uno ni otro son mejores o peores.


Ser feminista NO significa adoptar una postura ideológica ni conductual extremista.

Ser feminista NO significa repudiar a otros géneros.
Ser feminista NO significa sobrevalorar a  la mujer.
Ser feminista NO significa aprobar la arrogancia, ni empoderar a la mujer: No se trata de poder.

Ser feminista significa recordarle al mundo que Hombres y Mujeres son personas.
Recordarle que las  diferencias entre cada uno son biológicas, y que tenemos más similitudes que diferencias.
Ser feminista significa combatir prejuicios y estereotipos que atan tanto a hombres como a mujeres.
Ser feminista significa entender que no hay un lenguaje femenino y un lenguaje masculino... existe la comunicación, el diálogo, la expresión de ideas y sentimientos de manera asertiva.
Ser feminista significa entender que todos somos personas, que todos habitamos este mundo y que no somos ni de Marte ni de Júpiter.
Ser feminista significa que como seres humanos tenemos el derecho a la libertad de elegir nuestro camino sin dañar a nadie, tenemos la responsabilidad de asumir las consecuencias de nuestros propios actos sin culpar a nadie más y sobretodo, y el punto más importante:

"Como seres humanos tenemos el profundo compromiso de respetar a otro ser humano"

Las prácticas sociales, culturales, psicológicas o religiosas que atenten la vida de otro ser humano NO deben considerarse como algo "Normal" o "Socialmente aceptado".


Soy Feminista, pero también Humanista.